lunes, junio 27, 2011

66.

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Sintió el miembro inflamarse y palpitar entre sus labios. Los estertores de la eyaculación llenaron el lugar. Con un espasmo el semen inundó su boca y llegó a su garganta. Lo devoró con avidez y siguió succionando sin soltar el pene. Temblores, gemidos, más esperma, sangre, mucha sangre. La uretra se dilató y un cuerpo se retorció con dolorosa sorpresa.

Por el minúsculo conducto se precipitaron los tubos seminales, la vejiga, los testículos, apéndice, colon, intestinos. El hombre de pie se revolvía intensamente al expulsar todas las entrañas por su falo. Lo último en salir fue el corazón, provocando una convulsión violenta.

Una vez terminado y separar su boca de aquel destrozado pene que se colaba por un agujero, se incorporó, se limpió el bigote con la manga de la camisa, se acomodó la corbata y salió del cubículo de aquel sucio baño. En el retrete de al lado dejaba un cuerpo hueco, una hipoteca sin pagar y una viuda con tres hijos que nunca sabrían qué le pasó a su padre.
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sábado, junio 25, 2011

65.

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Era una casa preciosa, ¿sabe usted? El orgullo de la colonia. Y además era viejísima; dicen que desde la época colonial o antes o yo qué sé. Pero la verdad era que parecía nueva: Siempre como recién pintada, pulcra, brillante. Era como si todo el día le diera el sol directo, desde todas partes. ¡Preciosa! No había otra igual en toda la zona. Incluso, me atrevo a decir que en toda la ciudad.

No, no conocimos bien a los que vivían dentro. Eran muy reservados, ¿sabe usted? Nunca salían, compraban todo por teléfono, no asistían a las juntas de vecinos…. Fíjese, ahora que lo menciona creo que nunca vi salir a ninguno de ellos, pero todos sabíamos que era una familia grande. Debía serlo. Ellos han sido los dueños de la casa desde siempre.

¿Qué pasó? No, no lo sé bien, la verdad. Fue algo… paulatino, ¿sabe usted? Un día ya no se veía tan brillante ni tan linda como antes. Fue extraño, porque… bueno, yo vivo al lado y tengo una pequeña hortaliza. Siempre le daba el sol directo, pero ese día la casa grande le proyectó una sombra toda la mañana a mi cocina. Nunca lo había notado. Ni siquiera había yo pensado que, por donde está ubicado mi edificio, la luz no debería entrar a mi cocina. Y ese fue el primer día en que vimos la residencia … no tan bonita.

Después fue el olor. Un olor a añejo, a rancio. Y venía de ese lugar, ¿sabe usted? Y cada día se veía más arruinado, más sucio, más triste. Y ahora ya no había sombras sólo en mi cocina, sino en toda mi casa. Sé que suena loco, créame, pero todos los vecinos lo vimos; cada día había más sombras alrededor de esa construcción, cada día se veía más vieja… y cada día el olor era más insoportable.

Y así pasó. Hasta quedar eso que usted ve ahora. Una ruina, es lo que es. Y esa peste… esa maldita peste a podrido que no se va. Ya llamamos a los bomberos, a la policía, a la delegación y nadie puede entrar en ese maldito lugar. ¿Y lo ve? Ya no lo toca el sol. Está todo oscuro, apagado… lleno de sombras que se escurren a todos lados.

¿La familia? No sé. Qué más me da. Imaginamos que se largaron los muy cu… los muy cochinos, usted disculpe. No, no los vimos salir nunca, pero eso es lo que imaginamos. ¿Quién podría vivir ahí? Yo creo que ese cuchitril se cae cualquier día para hundirse en la oscuridad, ¿sabe usted?
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jueves, junio 23, 2011

64.

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- … y a la más chiquita le puse Penumbra- dijo el niño con brillante orgullo.

Su madre no sonrió. Ya estaba harta de que se la pasara recogiendo cada una de esas perdidas y abandonadas sombras callejeras que encontraba, y las llevara a casa como sus mascotas. La que tenía que recoger los trozos de negrura, los restos de oscuridad, las motas de tinieblas que dejaban por todos lados era ella. Además… quién sabe qué tipo de bichos meterían a su hogar.
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63.

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Reporte del Paciente XXXXX:

El paciente llegó a consulta presentando un fuerte caso de ansiedad. Era un hombre que acababa de cumplir los 40 años, robusto, moreno y de estatura media. Tras darle un sedante, el paciente declaró que llevaba varios días sin reconocer a la persona que veía cada mañana en el espejo y ése era el motivo de su estado. Deberá anotarse que no se le tomó muy en serio al principio, pero aun así se le canalizó a psiquiatría para evaluación. El paciente desapareció.

Unas semanas después regresó con un ataque de pánico. Se creyó que esta vez sí se le podría encausar a un tratamiento mental, pero al calmarse un poco nos mostró lo más extraño que se ha visto: Además de perjurar que seguía sin reconocer a la persona en el espejo, el paciente se alteró al notar algo en su cabeza y creer que estaba sangrando, pero al acercarse a examinarlo se percató de la ausencia de masa… de existencia, digamos. El paciente estaba sudando sombras.

En varias áreas cutáneas se presentaba el mismo fenómeno; manchas que surgían de los poros sin ningún tipo de consistencia ni volumen ni componentes químicos. Simplemente eran zonas donde la luz… vamos, donde la luz no se reflejaba. El paciente estaba excretando sombras. Se le tuvo bajo observación durante algunas horas, pero las sudoraciones pararon y la piel regresó a su apariencia normal. Al proponerle al paciente un tratamiento psiquiátrico se negó y decidió marcharse.

Una vez más pasaron varias semanas para que el paciente regresara. Cuando lo hizo, una vez más alterado pero muy controlable, fue porque las sudoraciones ya no desaparecían. Según reportó, la segregación de sombras siguió dándose pero, hasta un par de días antes, siempre desaparecían. Ya no era el caso. Había enormes manchas de penumbra en todo su cuerpo. Fue hospitalizado.

Sus familiares trataron de auxiliarlo y se acomodaron en el hospital. Por nuestra parte, hicimos todos los estudios y análisis que se nos ocurriera sin obtener ningún resultado adverso… excepto por una particularidad: Al realizarle al paciente cualquier tipo de tomografía, resonancia o radiografía, las partes cubiertas por las sombras… simplemente no aparecían. Sin embargo las funciones del paciente seguían normales así que asumimos que todos sus órganos seguirían funcionando con normalidad.

Pasó el tiempo y la transpiración de opacidad se mantenía constante y las áreas oscuras en el cuerpo del paciente se extendían. Al mismo tiempo su ánimo decrecía y se perdía en sus propias ideas. No pasó mucho antes de que su familia lo dejara solo, argumentando que ya no era el hombre que conocieron. El paciente quedó totalmente a cargo del hospital.

Cuando toda su epidermis estuvo totalmente cubierta por esta condición, el hombre se había perdido en si mismo. Casi no lo notamos, por lo paulatino del evento, pero el paciente había dejado de comer y de defecar. Ya no hablaba, no se movía… sólo respiraba. La importancia del caso ya había llegado a todos lados y grupos de investigadores de todo el mundo buscaban alguna respuesta. Ya era imposible hacerle cualquier tipo de examen físico pues su piel de sombra- y la llamo así, pues es la mejor manera de describirla; una piel de sombra- era muy frágil y en los escaneos y pruebas no intrusivas sólo salía una mancha negra. Sabíamos que seguía vivo por su aliento. Hasta que también éste se perdió.

Ignoramos qué fue lo que pasó; no podemos asegurar el tipo de enfermedad que haya sufrido, qué la causo y menos si es contagiosa o no. Para cuando el paciente falleció y creímos poder- al fin- encontrar una respuesta, al realizarle la autopsia encontramos un cuerpo hueco. Un cascarón de hombre envuelto en una fina y delicada piel de sombra.
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martes, junio 21, 2011

62.

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Siempre lo admiró. Era todo lo que él quería ser, poseía todo lo que él quería tener, dominaba todo lo que él quería saber. Desde el momento en que lo conoció quiso conocer cada detalle de él y entender cómo había llegado hasta ese punto.

Lo seguía, lo buscaba, le robaba pequeñas cosas para analizarlas. Sorpresivamente aparecía dónde él iba a estar y no lo perdía de vista.

Poco a poco, meticulosamente, aprendía su forma de caminar, su entonación al hablar, sus gesticulaciones y manías.

Consiguió su dirección y lo observaba de cerca. Lo seguía en sus compras, en sus salidas, en su intimidad. A veces hacía pequeñas pruebas y se paraba junto a él, imitando a la perfección cada pequeño detalle de lo que hacía, hasta que podía reproducirlo casi simultáneamente.

Después vino su voz, sus ideas. Podía tener conversaciones completas repitiendo frases que no le pertenecían, con conocimientos de los que carecía. Se fue convirtiendo en él… pero no era suficiente.

Una noche entró a su casa y se quedó ahí, escondido, perdido en la oscuridad. Fueron días de ver su espacio, de investigarlo, de monitorear sus movimientos en su hábitat.

Hasta que un día sucedió sin saber muy bien cómo. En cada habitación y en cada salida iba con él sin ser notado. Cada movimiento, cada gesto que él hacía lo duplicaba al mismo tiempo, en absoluta sincronía. Era su sombra y no se despegó de él jamás.

Y cuando en la soledad él apagaba la luz, su sombra se expandía y lo cubría con la esperanza de tomar su lugar. Pero aún con esa cercanía, nunca podría saber qué había en su cabeza.
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lunes, junio 20, 2011

61.

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Hace años se había dado cuenta, pero prefirió ignorarlo. Olvidarlo. Pretender que era una ilusión. No quería renunciar a eso que le hacía mejor que todos los demás.

Siempre disfrutó su sombra. Era amplia, oscurísima, importante. Era tan discordante con su cuerpo pequeño y delgado que creaba la impresión de ser un sujeto más grande. Lo había notado en su adolescencia, ligeramente, pero poco a poco fue volviéndose muy obvio. Todos lo percibían, aunque no de forma consciente, reconociendo en ese hombrecito un algo invisible que lo hacía notable. Aprendió a aprovecharlo y conseguir sus objetivos, sin importar sobre quien pasara.

Sin embargo él sabía bien qué le daba esa presencia. Se había percatado claramente una tarde en la universidad: Había una chica que nadie creía se fijara en él y se dio a la tarea de seducirla. La joven lo toleró al principio pero, poco a poco, comenzó a demostrar interés en ese condiscípulo tan particular. Él supo que tenía su oportunidad y cuando, con una sonrisa autosuficiente, volteó hacia abajo, lo vio. No entendió cómo pero sabía que su robusta sombra se comía poco a poco a la delgada, tímida, deslavada sombra femenina. Esa noche se acostó con ella y nunca le volvió a hablar.

Muchas veces en un encuentro, en una junta, en una cena de negocios, se sorprendía a si mismo mirando al piso, a las paredes sintiendo la misma sensación. Su sombra devoraba a las demás con gula, con avidez, con sadismo insólito dejando manchas grises y frágiles sobre las superficies que se veían empequeñecidas en comparación con la suya.

Por muchos años saboreó los beneficios de dejar que su sombra voraz hiciera lo que quisiera. Pero ya no.

Encerrado en ese cuarto que alguna vez fue suyo, en esa casa que al comprarla le pareciese tan grande, se arrepentía de su insensatez. Su sombra siguió creciendo y no se detuvo nunca. No podía estar en ningún lugar por mucho tiempo, pues todos se iban al no caber con él. La negrura se extendió y se extendió hasta rodearlo todo, cubrir su hogar y no permitirle moverse de un pequeño rincón a la vez.

Pero más allá de la oscuridad profunda en que vivía, de la soledad y el silencio, lo que lo mataba un poco más todos los días, era pensar en lo que pasaría cuando su sombra tuviera hambre otra vez y sólo pudiera tocarlo a él.
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viernes, enero 07, 2011

60

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Lo primero fue mi brazo izquierdo. En realidad no lo usaba mucho, así que no sentí mucho su pérdida y el dinero cayó bien. Después fue mi pelo, mis glúteos y las pantorrillas. Me costaba caminar un poco, pero era necesario. Siempre era necesario. Con algo se tenía que comer, pagar la renta, los gastos, las salidas, los regalos.

Después di un paso adelante. Los músculos y miembros no eran tan bien pagados como las entrañas. No quería hacerlo; eran mis tripas. Pero ella insistió que era necesario, que todos teníamos que hacer sacrificios, así que me decidí. Empecé por el bazo, después fue el apéndice y un riñón. Iba dejando partes de mí a cambio de una cena, un viaje o la reparación del auto.

Siempre había algo, se quería algo. Me fui abandonando por episodios, sin extrañarme hasta que me eché de menos. Llegué a verme con el ojo que me quedaba y me di cuenta que ya no tenía mucho más que dar; miembros, vísceras, recuerdos, todo tenía un precio. Trozo a trozo me quedé vació, desnudo, incompleto hasta que sólo me quedó la voz.

¿Hay quien me la compre? Es una buena voz. Ya no tan segura ni potente, pero es una voz honesta. ¿Queda alguien que se interese? La vendo barata…
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jueves, noviembre 04, 2010

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A sus padres les daba asco. Toda esa pus en la piel, toda la suciedad en el pelo (y tenía el cuerpo cubierto de vellos), su aliento podrido. El sólo verlo, con la nariz hinchada, la piel rota y fibrosa, los ojos hundidos, era desagradable. Al menos Jorgito lo mantenía encerrado en su clóset.

Jorgito quería un troll. Era todo de lo que habló por meses y su único deseo para navidad. Había leído algo de ellos en internet y se había obsesionado. Sus padres planearon comprarle un muñequito con pelos parados que anunciaban como “troll” y calmar su deseo. Sin embargo, su sorpresa fue tremenda cuando, al despertar por los gritos emocionados de su hijo, encontraron debajo del árbol, encima del zapatito, un enorme y real troll amarrado con cadenas.

Entonces su casa cambió. Lo lavaban todo tres veces al día, queriendo evitar un hedor que cada vez se impregnaba más. Evitaban el cuarto de Jorgito y sus noches las pasaban en vela.

Mas el niño era la criatura más feliz sobre la tierra. Todas las noches dormía con su lámpara de noche iluminando débilmente al interior de su ropero donde habitaba su troll. La bestia gemía, gruñía, lloraba. Y en las noches su agonía era mayor. Pero el dolor del ser parecía arruyar al pequeño que dormía satisfecho en su cama, rodeado de moscas y el repugnante aroma que salía de su armario, sabiendo que cuidaba bien de su regalo. Porque, tal y como había leído en internet; él no alimentaba a su troll.
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miércoles, noviembre 03, 2010

58

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Todo lo que quería era que lo reconocieran como artista. Buscaba el reconocimiento de la crítica, del público conocedor, de sus colegas de la élite creativa. Hacía películas que sabía serían de su agrado, que tenían todo lo que decían admirar. Pero nunca pasó.

“Repetitivo”, “mediocre”, “pretensioso”, eran los adjetivos que inundaban las reseñas de sus obras. Más de diez largometrajes y no alcanzaba una sola obra merecedora del reconocimiento que anhelaba.

Ya no podía más. Tomó una decisión y filmó una película que sabía despreciarían. Usó la cámara como instrumento de tortura y el guión era una serie de pretextos para exponer en celuloide un magnus opus dedicado al mal gusto, a la suciedad y a escupirles en la cara a todos aquellos que no comprendían sus previas cintas.

El día del estreno se colocó de pie, orgulloso, en la sala de proyección. Todos estaban sentados con actitud prepotente, esperando una muestra más de su fracaso. La pantalla se iluminó y por un lapso de dos horas y media desfilaron imágenes de sodomía, coprofagia, laceraciones, perversiones y actos de violencia explícitos sin mayor razón que llenar la pantalla de un malsano hedor a mierda. En la sala; silencio. El realizador veía triunfante la escena. Cuando en la pantalla apareció un perro que se colocaba detrás de una colegiala desnuda que había tropezado, la sala entera de puso de pie. El cineasta esperaba ansioso la desbandada, la salida de gente asqueada y a punto del vómito.

La ovación fue unánime. El cine mismo se cimbró ante los aplausos y vitores. El director salió a la sala y el entusiasmo llegó a su clímax. Pidió silencio, les gritó, los insultó, se bajó los pantalones y cagó en la alfombra, para después aventar sus heces contra la audiencia que, sonriendo, recibía todo.

En los diarios del día siguiente se leería: “Desde las entrañas de un verdadero artista”
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57

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Todo empezó con un cosquilleo en el estómago. Él estaba en el otro lado del parabús, separado de mí por todos los metálicos asientos vacíos. Veía al piso fijamente, a sus Converse sucios, a una envoltura de Gansito tirada. De pronto levantaba la cabeza y, con sonrisa tímida y las mejillas enrojecidas, me volteaba a ver. Y la revolución en mis tripas aceleraba. Dejamos pasar dos peseras casi vacías. Con las manos temblando y nervioso hasta la médula, se levantó un poco y se acercó un asiento. Eso fue demasiado para mi débil panza.

Sin mucho preámbulo, mi sistema digestivo lanzó como proyectil una masa ácida y espesa. Mi espalda se arqueó hacia el frente y mi vientre se contrajo con fuerza. Olas y olas de inacabables jugos gástricos salían de mi garganta. Él me veía, ya sin pudor alguno, con los ojos y la mandíbula abiertas como coladeras sin tapa. Lloraba y mi garganta ardía. Al fin, tras lo que parecía una eternidad, las convulsiones cesaron. Respiré tranquila y limpié los restos de baba y vómito con mi manga. Sin saber bien qué esperar, volteé a encontrarme con su mirada. Él seguía ahí, anonadado y expectante. Hice una mueca que pretendió ser una sonrisa y justo cuando le iba a decir algo… él se agachó de golpe y expulsó su cena, su comida, su desayuno y, seguramente, el banquete de fin de año. Fueron varios minutos en los que él terminó hincado, frente a las sillas frías, embarrado el pantalón del vómito expulsado por los dos. Cuando terminó, tras una pausa, secó su boca con la manga, como lo hiciera yo y levantó su rostro para verme. Con nuestros gestos, en silencio, nos contamos todos los platillos que ya no reconocíamos, de dónde veníamos, nos pedimos disculpas, nos dijimos ridículos y enfermos… y nos soltamos a reír al descubrirnos el uno en el otro.

Así nos conocimos su padre y yo hace casi 10 años. Y así es el amor: algo que sale de las entrañas sin ningún control. Y eso es lo que escuchan en las noches en nuestro cuarto: Todavía sentimos ese cosquilleo en el estómago cuando estamos solos.
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