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Pablo estaba muy enfermo. Esa noche la calentura le hacía sentir que la piel estaba hinchada, entumida. Los músculos parecían endurecerse y pesar. El seño le palpitaba y dolía hasta el cráneo. Se revolvía en cama tratando de descansar. Afuera de su casa, sus perros ladraban, gruñían, aullaban con desesperación. El escándalo no le ayudaba.
De pronto recordó a su abuela diciéndole que los perros presienten la muerte. Poco a poco, esa idea fugaz se fue apoderando de su enfebrecida mente hasta que era lo único que la habitaba. Pablo se llenó de miedo. Le asustaba esa enfermedad extraña que llegó un día sin avisar y que no le dejaba en paz. Le aterró su propio cuerpo, cobarde traidor que no le daba las fuerzas suficientes para reponerse. Temió la muerte, la pregunta a lo que vendría, qué sentiría, qué pasaría, su último aliento, su último vistazo a una existencia a la que, si bien no quería, sí se había acostumbrado. Pero el horror más profundo se dirigió a sus perros. Sus únicos compañeros en una vida de fracasos y soledades, sus amigos y familia, sus guardianes. Ahora los veía como seres extraños, bestias infernales cuyo único propósito era avisarle a todo el mundo de su futuro fallecimiento. Se llenó de pánico al escuchar sus frenéticos gritos.
Como pudo se levantó. El miedo lo impulsaba, un pie enfrente del otro, paso a paso. El miedo le ayudó a tomar el pesado rifle de la pared donde colgaba. El miedo lo guió hacia la puerta, la abrió y lo dirigió a sus antes queridas mascotas. Los animales lo sintieron acercarse y movieron las colas emocionados, dirigiéndose hacia él. Sus lenguas de fuera, su orejas atentas, sus patas inquietas. En sus ojos, donde antes veía ternura y devoción, ahora Pablo sólo veía burla y anticipación por su próximo deceso. Levantó el arma y disparó sobre cada uno de ellos. Los chillidos sonaron más fuerte que los disparos en la paz nocturna. Había lágrimas en los ojos caninos y en los del verdugo humano que no logró matar su miedo.
Despacio, Pablo se dio la vuelta y entró a su casa. Detrás de él, muy cerca, entró la muerte, libre ya de recoger su alma sin los perros que toda la noche la habían mantenido a sana distancia de su amo.
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