miércoles, febrero 10, 2010

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Ella tomó mi mano y viéndome fijamente sonrió. Mi pecho se llenó de cosas nuevas y mi cara ardía. Fue el sentimiento más bonito que había sentido en mi vida.

- ¿Cogemos?- dijo, como si planeara robar un banco o matar a alguien.

- ¿Cómo… cómo es eso?

Yo tenía cinco años y ella seis. En sus ojos brillantes habitaban luciérnagas que siempre que me miraba se pasaban a mi panza.

- Es fácil, mira. Yo te enseño.

Y se acercó a mí pegando sus labios a los míos, suave, pero sin dejar un milímetro de aire entre ellos. Lo primero que sentí es que esos bichos juguetones que controlaba su mirada se volvieron locos en mi interior. Después, su aroma, dulzón y cremoso, embotó mi cabeza y llenó el mundo de melodías de caramelo. Por último, cuando puso su manita en mi pecho y me empujó para subirse en mí, las nubes no volaban tan alto como nosotros. Pasamos horas así, con las bocas unidas y los cuerpos soldados. Sin movernos, sin hablar, sin pensar para no romper lo que fuera que sea que ella creía era el juego y se detuviera.

Muchos dirían que fue ese día en que murió mi infancia. Pues no; en ese momento fue en el que me prometí no crecer jamás.
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martes, febrero 09, 2010

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Cuando ellos llegaron, todos caímos rendidos ante ellos. Eran hermosos, sublimes, perfectos. Nunca supimos con claridad si provenían de las estrellas, del futuro, de otra dimensión. Sólo llegaron y creímos que cambiarían nuestras vidas para siempre con su tecnología y conocimientos. Eran impolutos desde su creación, seres hechos bajo diseño: Ingeniería genética y programación neural. Nada se comparaba con su magnificencia. Por supuesto les abrimos las puertas y llenaron al mundo de su presencia divina.

Hasta que nos aburrimos.

Con el tiempo sólo fueron parte del paisaje. Su tecnología resultó demasiado avanzada para entenderla o ejecutarla y su filosofía muy aburrida. Al final, lo único que nos dejaron fue una pequeña fortuna a los que les rentábamos a nuestros niños para analizarlos por horas en sus juegos, travesuras, berrinches. Era increíble las cantidades de metales preciosos que daban a cambio de apreciar a nuestros pequeños en toda su inmaculada imperfección.
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lunes, febrero 08, 2010

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Desde que entró a la escuela Manolito había cambiado mucho. Parecía taciturno, triste, preocupado. Se había hecho de manías raras; iba al baño dejando la puerta entreabierta sin prender la luz, entraba a su recámara corriendo, tapándose enseguida hasta la cabeza con las cobijas y ocasionalmente se encerraba en su armario por horas. Lo más extraño y violento pasaba cada mañana cuando su mamá lo ponía frente a la luna del tocador para arreglarlo. Gritos, pataleos y jalones sin dejarse peinar. Era tanta su desesperación que la señora optaba por irlo acicalando en el camino. No entendían qué le pasaba, pero la familia comenzó a asustarse por el pequeño.

Lo que nadie más que Manolito sabía, era que siempre que se veía en un espejo algo espeluznante le devolvía la mirada: Un vez era un señor mayor, de barba cerrada y con lentes, que cargaba pesados y variados libros. En otra, había un sujeto lampiño y pulcro, con traje y corbata, con un grueso fajo de billetes en una mano. Incluso una mañana era un hombre con peluca, un vestido estrafalario y la cara pintada. Siempre era una faz distinta. Y siempre sabía que todas esas caras eran él. Manolito, viéndose a si mismo a través del tiempo.

Lo aterrador- más que la oscuridad, que las criaturas debajo de su cama, que el monstruo de su clóset- eran esas miradas que su reflejo le devolvía todos los días y que le decían que, no importaba qué camino tomara, nunca volvería a ser del todo feliz.
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viernes, febrero 05, 2010

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Era un adolescente cuando sus sueños se le escaparon. No podía precisar cómo lo sabía con tanta certeza, pero así era; ya no estaban con él. A veces los percibía, corriendo o escondiéndose y comenzaba una desesperada búsqueda por encontrarlos en toda la casa. Movía muebles, revolvía papeles, rompía adornos. La presión de su familia lo obligó a ser más discreto, pero aún así, en ocasiones, se permitía tratar de atajar sus sueños cuando los presentía rondar.

En su juventud, creyendo domesticado ese impulso, en más de una oportunidad se sorprendía al salir corriendo ante la fugaz visión de sus sueños perdidos, dejando atrás citas, trabajo o divertimentos. No pasaba mucho para que recuperara la cordura, pero estos arranques le trajeron un sin fin de problemas y unas ansias que cada vez le costaba más someter.

Conforme avanzaba en su madurez, esa falta le hacía más inquieto e infeliz. Cada vez se le aparecían más y más; al cruzar una calle, dentro del baño o cuando hacía el amor. Los efímeros avistamientos le arrancaban de toda concentración y tenía que buscar y buscar y buscar esos fugitivos sueños que tanta turbación le causaban. Poco a poco dejó atrás trabajo, sexo, gente, casa, higiene para dedicarse a corretear quimeras que ya ni siquiera estaba seguro fueran las suyas.

Con el tiempo era un loco más en las desquiciadas arterias de la urbe. Vivía en la calle, donde nada le detenía si a media noche o al amanecer distinguía a sus escurridizas presas. Comía lo que encontraba, lo que le daban y se cobijaba de mantas y papeles que iba recolectando en su cacería.

En una de las recientes noches de frío intenso, el hombre, ya sin fuerzas para seguir acechando sus inasequibles trofeos, se dejó caer, esperando. Poco a poco, a su alrededor, se fueron congregando todos esos sueños que había visto; sueños perdidos, abandonados, huérfanos. Los sueños de nadie que vagaban por la ciudad sin rumbo hasta que le encontraron a él que les dio un sentido de nuevo.

En silencio, todos los sueños le abrazaron fuertemente y murieron con él.
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jueves, febrero 04, 2010

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Entre la bruma del sueño escuchaba una voz urgente que le ordenaba despertar. Creía se trataba de alguno de los médicos o de su madre, pero se negaba a dejar atrás el químico letargo que tanta paz le daba. Los gritos imperiosos, en realidad, pertenecían a Morfeo, que veía su reino invadido de monstruos incontrolables cada vez que ella dormía.
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miércoles, febrero 03, 2010

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Morfeo empacó todos sus libros de poesía y mitología, preparándose para dejar su reino, mientras Sigmund Freud tomaba posesión colgando un gigantesco retrato de su madre en el recibidor.
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martes, febrero 02, 2010

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Había una base de datos que alcanzaba ya niveles míticos en las comunidades más exclusivas de hackers en la red. Nadie sabía qué era ni los secretos que tan celosamente guardaba, pero todos querían entrar en ella. Su descubrimiento, seguramente fortuito, ya no era recordado y todo lo relacionado con ella alcanzaba notas de leyenda. Un disco duro resguardado por una seguridad única; ninguna pared de fuego o hielo alcanzaban los niveles de complejidad de lo que esa unidad poseía. Piratas del cyberespacio presumían sus logros y amenazaban con derrotar las defensas de tan misterioso objetivo, sólo para terminar con interfaces craneales quemadas, fallas en el sistema nervioso que los dejaban con miembros inutilizados o con reflejos violentos e involuntarios. Los que más se arriesgaron en la empresa terminaban, según se decía, locos de remate, babeando y gritando incoherencias en lenguaje binario. La terminal no pertenecía a ninguno de los grandes emporios comerciales y menos era gubernamental (sus presupuestos rara vez alcanzaban para uno o dos resguardos). Lo que había dentro de esa base de datos era el santo grial del mundo virtual.

Lo que nadie sabía es que cada noche, en un pequeño departamento, un hombre común y corriente conectaba su cerebro a su ordenador, conectado a la red mundial, y descargaba sus sueños en el disco duro para tenerlos de respaldo.
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lunes, febrero 01, 2010

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El problema cuando soñaba despierto era que a las quimeras de su mente les daba por irse resbalando, silenciosas, casi descuidadamente, por su oreja hasta que el peso hacía que se cayeran y se estrellaran en el piso. Parecían pequeños alebrijes hechos añicos. Con parsimonia se inclinaba y recogía los trozos bajo la mirada de todo el mundo. Era tal su vergüenza de ver sus sueños, las más íntimas representaciones de su ser, ahí, a la vista de todos, expuestos y destrozados que nunca intentó repararlos y los iba guardando todos en una caja de cartón enorme. Poco a poco se fue educando para no soñar más y evitarse esas escenitas en público, hasta que ni una sola fantasía nació de su cerebro.

Mucho tiempo después, siendo ya un anciano malhumorado y solitario que pasaba la mayor parte del día dormido, pero sin soñar de más, escuchó ruidos en su armario. Temiendo tener ratones, abrió las puertas del mueble y rebuscó en su interior. Detrás de años de zapatos viejos encontró aquella caja y aquellos sueños rotos que, en su ausencia, habían dado vida a un sinnúmero de rencores y amarguras, pequeñas bestias de dientes afilados, que al sentir abrir la caja, saltaron a destrozar a la persona que los había olvidado.
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viernes, enero 29, 2010

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Todos los días resistía el llamado del viento. Sus alas se estremecían y le pedían expandirse y volar, pero ella, decidida, se rehusaba a partir si no era con él.

Ella pasó semanas en tierra buscando la forma de llevárselo consigo. Juntos planearon y construyeron un par de alas artificiales con sueños y algodones, promesas y maderas, amor y cordeles.

El día llegó y ella debía partir, pues el cielo le reclamaba con intensidad. Se pararon juntos en el borde de un barranco y ambos estiraron sus alas; las de ella naturales, hermosas, fuertes, las de él temblorosas, toscas y postizas. Ella tomó aliento y con una gran sonrisa se elevó por los aires con gracilidad. Detrás de ella, con vuelo torpe pero seguro, iban el par de alas confeccionadas con tantas ganas, mientras él, plantado al piso con el peso de sus miedos, les vio alejarse.
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jueves, julio 09, 2009

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Estaba prisionera. No sabía ya cuánto tiempo llevaba sin poder salir de su recámara, sin ver a nadie y hablando sólo con ella misma. Un día, cuando despertó, no tenía ojos. Otra ocasión, un ejército de hormigas hacía su reino en su cerebro. Después, sus pies eran patas de flamingo que no pudo controlar. Cada vez era algo diferente; su cuerpo cambiaba y se ajustaba caprichosamente a otras formas, a otras voluntades. Hasta que llegaba la noche y poco a poco todo volvía a ser normal y se le permitía descansar. Mientras dormía, a su alrededor, se reunía un grupo de amigos imaginarios para decidir cómo impedir, por un día más, que creciera y se olvidara de ellos.
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