lunes, junio 20, 2011

61.

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Hace años se había dado cuenta, pero prefirió ignorarlo. Olvidarlo. Pretender que era una ilusión. No quería renunciar a eso que le hacía mejor que todos los demás.

Siempre disfrutó su sombra. Era amplia, oscurísima, importante. Era tan discordante con su cuerpo pequeño y delgado que creaba la impresión de ser un sujeto más grande. Lo había notado en su adolescencia, ligeramente, pero poco a poco fue volviéndose muy obvio. Todos lo percibían, aunque no de forma consciente, reconociendo en ese hombrecito un algo invisible que lo hacía notable. Aprendió a aprovecharlo y conseguir sus objetivos, sin importar sobre quien pasara.

Sin embargo él sabía bien qué le daba esa presencia. Se había percatado claramente una tarde en la universidad: Había una chica que nadie creía se fijara en él y se dio a la tarea de seducirla. La joven lo toleró al principio pero, poco a poco, comenzó a demostrar interés en ese condiscípulo tan particular. Él supo que tenía su oportunidad y cuando, con una sonrisa autosuficiente, volteó hacia abajo, lo vio. No entendió cómo pero sabía que su robusta sombra se comía poco a poco a la delgada, tímida, deslavada sombra femenina. Esa noche se acostó con ella y nunca le volvió a hablar.

Muchas veces en un encuentro, en una junta, en una cena de negocios, se sorprendía a si mismo mirando al piso, a las paredes sintiendo la misma sensación. Su sombra devoraba a las demás con gula, con avidez, con sadismo insólito dejando manchas grises y frágiles sobre las superficies que se veían empequeñecidas en comparación con la suya.

Por muchos años saboreó los beneficios de dejar que su sombra voraz hiciera lo que quisiera. Pero ya no.

Encerrado en ese cuarto que alguna vez fue suyo, en esa casa que al comprarla le pareciese tan grande, se arrepentía de su insensatez. Su sombra siguió creciendo y no se detuvo nunca. No podía estar en ningún lugar por mucho tiempo, pues todos se iban al no caber con él. La negrura se extendió y se extendió hasta rodearlo todo, cubrir su hogar y no permitirle moverse de un pequeño rincón a la vez.

Pero más allá de la oscuridad profunda en que vivía, de la soledad y el silencio, lo que lo mataba un poco más todos los días, era pensar en lo que pasaría cuando su sombra tuviera hambre otra vez y sólo pudiera tocarlo a él.
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6 comentarios:

Alberto dijo...

Muy bueno, Paquito. Sútil y efectivo. ¡Qué gusto verte escribiendo otra vez!

Blackpaco dijo...

Gracias, Betolín. X-D

Maya dijo...

¡Un cuento nuevo! ¡Gracias!
Amo saberte escribiendo...

Blackpaco dijo...

Gracias, amor.

Señorita F dijo...

Geniales las variaciones de la sombra. El 61 es mi preferido. Voy descubriendo una fijacion y esta bueno...

Lyla dijo...

Me encantó ^^ me alegro de volver a leer de ti.. la verdad que me puse a scrollear viendo que toda la página tenía escritos de este año y me emocioné.. :)